Ir al contenido principal

"Nuestras comunidades más hambrientas y vulnerables se enfrentan a “una crisis dentro de una crisis”

Photo: ©FAO/Sven Torfinn

En esta entrevista, Dominique Burgeon, Director de la División de Emergencias y Resiliencia de la FAO, explica los desafíos particulares que plantea el COVID-19 en las comunidades vulnerables que ya se enfrentan a elevados niveles de hambre debido a crisis preexistentes, y cómo se prepara la Organización de la ONU para ayudarles. 

¿Qué comunidades están más expuestas al impacto de la pandemia en la seguridad alimentaria y los medios de subsistencia?

Incluso antes de la llegada del COVID-19, 113 millones de personas en el planeta se enfrentabanya a una grave inseguridad alimentaria aguda debido a conmociones o crisis preexistentes. Esto significa que se encontraban en una situación extrema dentro del espectro del hambre: débiles y menos preparados para defenderse del virus.

Una gran mayoría vive en zonas rurales y depende de la producción agrícola, o de trabajos estacionales en la agricultura, la pesca o el pastoreo. Si enferman o se ven limitados por restricciones de movimientos o actividad, se les impedirá trabajar sus tierras, cuidar de sus animales, ir a pescar o acceder a los mercados para vender sus productos, comprar alimentos u obtener semillas y suministros.  Estas personas cuentan con muy pocos recursos -a nivel material-, y podrían verse obligadas a abandonar sus medios de vida. Quiero decir con el lo que podrían tener que vender sus animales o su barco de pesca para obtener dinero. O comerse todas sus semillas en lugar de guardar algunas para volver a plantarlas. Una vez que una familia campesina llega a este extremo, volver a ser autosuficiente se hace muy difícil. Algunos incluso no tienen otra opción que abandonar sus granjas en busca de ayuda. 

¿Ha ocurrido antes algo similar?

Existen algunas similitudes con el brote del Ébola en África occidental en 2014. Aquello perturbó las cadenas de suministro del mercado agrícola. Muchos campesinos no pudieron cultivar o vender sus cosechas. Esto, sumado a la escasez de mano de obra, afectó a la producción de alimentos. En Liberia, el 47 por ciento de los campesinos no pudieron cultivar. Las restricciones y los cierres de los mercados interrumpieron los flujos alimentarios y de productos de primera necesidad. La escasez de bienes provocó un aumento de los precios de los principales productos básicos. El impacto nutricional se atribuyó sobre todo a la reducción del acceso a los alimentos, impulsado por una caída de la actividad económica que redujo el poder adquisitivo de las familias.   La gente padeció hambre. Por lo tanto, las lecciones del brote de Ébola de 2014 son claras: si bien las necesidades sanitarias son una preocupación urgente y primordial, no podemos descuidar los medios de subsistencia o los aspectos de seguridad alimentaria.  Además, si se alteran los medios de vida de la población, pueden provocarse tensiones y disturbios sociales. 

¿De qué manera?

Pues bien, si se interrumpen las cadenas de suministro alimentario y los medios de vida se vuelven insostenibles, es más probable que las poblaciones vulnerables abandonen sus medios de subsistencia y se trasladen en busca de ayuda -como lo haría cualquiera de nosotros- con la consecuencia indeseada de una posible propagación ulterior del virus y el probable agravamiento de las tensiones sociales.  En el caso de los pastores, la alteración de los patrones tradicionales de trashumancia puede provocar tensiones e incluso conflictos violentos entre las comunidades de residentes locales y las pastoriles, dando lugar a desplazamientos de población y a un aumento de los niveles de pobreza e inseguridad alimentaria. 

¿Dónde se encuentran las poblaciones más amenazadas?

Por ejemplo, en Etiopía, Kenia y Somalia casi 12 millones de personas ya se encontraban en circunstancias difíciles como resultado de graves sequías prolongadas y cosechas fallidas consecutivas, ya antes de que nubes de langostas del desierto arrasaran sus cultivos y pastos a finales de diciembre/principios de enero.

En África, también nos preocupan el Sahel, la República Centroafricana, la República Democrática del Congo y Sudán del Sur, por citar algunas crisis alimentarias. Pero ningún continente es inmune. Desde Afganistán hasta Haití, pasando por Siria y Myanmar, el COVID-19 corre el riesgo de agravar aún más el impacto de los conflictos y los desastres naturales. 

Trabajaremos en todos los lugares donde se nos necesite, pero la estrategia de respuesta de la FAO dará prioridad a los países que ya se enfrentan a crisis alimentarias, según detalla el Informe mundial sobre las crisis alimentarias. Nuestra labor se adaptará a la evolución de la pandemia, que puede dar lugar a un aumento de las necesidades en países que no están ahora en crisis, pero que son muy vulnerables a una nueva conmoción.

¿Se aprecia ya en estos lugares el impacto del COVID-19 en la seguridad alimentaria y los medios de vida?

En lo que respecta a la comprensión del alcance de la dimensión sanitaria, se trata del mandato de la OMS y otros colegas, y están trabajando con empeño para lograr una mejor perspectiva en estos contextos.  En la FAO, nos centramos en la preocupación de que a medida que aumente el número de infecciones en los países vulnerables -entre las poblaciones ya malnutridas, débiles y vulnerables a la enfermedad- podría surgir una "crisis dentro de una crisis", en la que la crisis sanitaria se vería agravada por otra alimentaria. Y eso crearía un círculo vicioso que dejará a un mayor número de personas más débiles y vulnerables ante el virus.   Cada día se señalan nuevos casos en todos los países que nos generan inquietud. Es prioritario comprender mejor el impacto de la enfermedad en la seguridad alimentaria, para poder ofrecer rápidamente las respuestas adecuadas y orientarlas estratégicamente para atender las necesidades. 

Háblenos sobre cómo tiene pensado la FAO responder

Nos estamos activando para sostener y luego ampliar nuestros programas para salvaguardar los medios de vida esenciales en los países que se enfrentan a crisis prolongadas o a altos niveles preexistentes de inseguridad alimentaria. El sistema de las Naciones Unidas lanzó el 25 de marzo un llamamiento humanitario conjunto en el que la FAO pidió a los donantes 110 millones de dólares EEUU para proteger la seguridad alimentaria de la población rural vulnerable.

Además de mejorar la recopilación y el análisis de datos para fundamentar la toma de decisiones, se estabilizarán los ingresos y el acceso a los alimentos, y se preservarán los medios de subsistencia. Esto significa ofrecer a los pequeños campesinos y pastores semillas, herramientas, piensos y otros insumos -junto con apoyo en materia de sanidad animal-, para que puedan seguir produciendo alimentos para sus familias y comunidades y generar ingresos. También distribuiremos semillas y equipos de horticultura doméstica, sistemas de almacenamiento de alimentos y aves de corral y otro ganado de pequeño tamaño para mejorar la nutrición de los hogares y diversificar los ingresos. Habrá actividades similares en campamentos de refugiados y desplazados.  Los planes de protección social serán una herramienta fundamental y estamos colaborando con los gobiernos, las organizaciones locales y otras entidades para estudiar la forma de ampliar los sistemas existentes, en especial en las zonas rurales de difícil acceso. Una forma clave de estabilizar el poder adquisitivo de las familias será mediante transferencias de dinero en efectivo, para que puedan atender las necesidades críticas de los hogares sin tener que vender sus activos.   Trabajaremos también para garantizar la continuidad de la cadena de suministro de alimentos -incluso entre las zonas rurales, periurbanas y urbanas- apoyando mediante diversas actividades el funcionamiento de los mercados alimentarios, las cadenas de valor y los sistemas locales.  Y ayudaremos a garantizar que las personas a lo largo de la cadena de suministro de alimentos no corran el riesgo de contagiarse del COVID-19, aumentando la concienciación sobre las mejores prácticas en materia de inocuidad alimentaria y salud. En este esfuerzo, colaboraremos tanto con las autoridades nacionales como con la Organización Mundial de la Salud (OMS), como ya hicimos en la crisis del Ébola. 

¿Cómo se las arreglará la FAO para conseguirlo, dadas las restricciones de movimientos y de otro tipo?

La mayor lentitud o la reducción en la prestación de ayuda humanitaria podrían ser catastróficas en las crisis. Pero la comunidad humanitaria se está reajustando rápidamente. Trabajando estrechamente con los socios de la ONU a nivel de país, la continuidad de las actividades y la planificación de la criticidad del programa están en marcha. Las oficinas de la FAO en los países están consultando con los asociados locales con los que hemos trabajado durante años y que están más integrados en las comunidades a las que servimos, logrando acuerdos contractuales flexibles para aprovechar los canales logísticos para la entrega de la ayuda y minimizar la exposición del personal y los beneficiarios. También estamos estudiando la adquisición anticipada de insumos (como semillas, herramientas) y el posicionamiento previo, elaborando paquetes de insumos para cubrir las necesidades a largo plazo, e incrementando las capacidades de almacenamiento y logística. 

Muchos países ricos están luchando a su vez con el COVID-19. ¿Afectará esto a la financiación de la acción humanitaria?

Es una preocupación lógica, pero estamos viendo algunas señales de que no es así. Los donantes están respondiendo al llamamiento de la ONU. Los países están prometiendo apoyo a otros, incluso mientras luchan a nivel interno. Confiamos en que esta será la regla, no la excepción.  Tal vez un aspecto positivo dentro de la pandemia es la comprensión compartida de que estamos todos en el mismo barco. Aunque todos nos centramos -comprensiblemente- en el bienestar de nuestras propias familias, vecinos y países, también hemos comprendido que este virus no tiene fronteras. Si lo derrotamos en el mundo desarrollado, pero dejamos que se propague de forma incontrolada en los países con menos recursos -cuyos sistemas sanitarios tienen carencias y donde la población está ya débil por el hambre y menos preparada para resistir la enfermedad-, regresará para perseguirnos a todos. 

¿Por qué deberían destinarse recursos a los medios de vida agrícolas y a los sistemas alimentarios, en lugar de a los hospitales?

Si bien la dimensión sanitaria es sin duda de enorme importancia, los temores que estamos apuntando y el trabajo que nos proponemos realizar serán fundamentales para superar esta crisis sin tragedias humanas adicionales e innecesarias. No olvidemos que tenemos más de 110 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria aguda, lo que significa que son extremadamente vulnerables y que una conmoción más puede situarlas al borde de la hambruna. 

Además, si dejamos que se destruyan los medios de vida de la población como resultado de esta pandemia, una vez que la crisis sanitaria se haya atenuado, tendremos luego graves problemas a los que hacer frente. Por ello es a la vez más humano y más inteligente estratégicamente proteger y mantener los medios de vida ahora, en vez que vernos obligados a reconstruirlos después.

Comentarios

Justicia climática para África







OTRA INFORMACIÓN ES POSIBLE

Información internacional, derechos humanos, cultura, minorías, mujer, infancia, ecología, ciencia y comunicación

elmercuriodigital.es se edita bajo licencia de Creative Commons
©Desde 2002 en internet
Otra información es posible